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Óscar David López (Monterrey, México, 15 de Marzo de 1982). Es poeta, narrador y fotógrafo. Ha publicado Nostalgia del Lodo/ La Nostalgie de la boue (Prix de la Jeune Littérature latino-américaine 2005 que entrega la MEET de Saint-Nazaire, Francia), coedición de la MEET/CONARTE.

Ha sido becario del Centro de Escritores de Nuevo León (2005-2006). Ha recibido el Premio de Literatura Joven Universitaria (2001 y 2002), Poesía Por Amor a Monterrey (2003), Cuento Nicolaíta (2003) y Poesía Nicolaíta (2004).

Fue director de Himen, hoja de literatura erótica; director y editor del proyecto editorial Harakiri Plaquettes, y coordinador del proyecto de difusión cultural y motivación a la lectura Reynosa-López Producciones.

Actualmente estudia una Lic. en Letras Mexicanas en la UANL; forma parte del consejo editorial de Papeles de la Mancuspia y del comité organizador de Voces Convergentes en la Silla. Su blog es www.oscardavidlopez.blogspot.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abdul Sahib Machi García, de ciudad Obregón Sonora, México. Soy Psicólogo y trabajo en el Depatamento de Extensión de la Cultura del Instituto Tecnológico de Sonora. Me encargo, entre otras cosas, de las actividades literarias.
He colaborado con algunas revistas literarias de España, México y Argentina, en Internet y papel. Escribo cuento, prosa poética y novela, aún no publicados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ana María Fuster Lavín San Juan, Puerto Rico Libros publicados: Verdades Caprichosas (First Book Pub, 2002) -Mención de Honor-Instituto de Literatura Puertorriqueña. *Réquiem (Isla Negra editores, 2005), cuentos o novela cuentada. Poemario--El libro de las sombras (Isla Negra editores, 2006),y para septiembre 2006, el tercer libro de cuentos: Bocetos de una ciudad silente. Inéditos: El jardín de la dama duende---poemario Muerte de un poeta--(novela), en proceso.

Su blog personal: http://bocetosdeselene.blogspot.co

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Textos en prosa, relatos, novela, ensayo...

 

Responsables:

            

             Carmen Vega

             Lola Bertrand 

             Sergio Palomo

             Juan A. Molina

             Lady López

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA PROSA QUE NO CESA

 

        (NÚMERO CERO)

 

 

La Prosa que no Cesa es un espacio para aquellos escritores que tienen una trayectoria literaria reconocida en el fluir de la vida. En sus trabajos se expresan sus historias en forma poética, su honda preocupación por los problemas de la existencia humana, los encuentros y desencuentros, el dolor, el amor y la muerte. Conjugamos sus demonios o sus ángeles con la palabra precisa, perfecta, y por qué no decirlo también inacabada en tanto deviene como un episodio que los libera de sí para los otros.

Contamos sus relatos de fantasía, horrores, destinos, aciertos y sueños compartidos con su voz hecha prosa y la prosa en poesía. Algunos se preguntarán, ¿dónde está, así, la frontera, el límite entre la prosa y la poesía, ese lugar donde algo deja de ser lo que es y se convierte en otra cosa? El interrogante es difícil de responder, muchos estudiosos simplemente nos dicen: en ninguna parte, no hay frontera. Nosotros no deseamos especular qué es la una y qué es la otra. Bienvenida sea y no nos opongamos. Al contrario.

Es pues, que hoy abrimos nuestra casa y les invitamos a disfrutar de la hogaza, el vino y el calor de la chimenea con nuestros mejores amigos que no cesan de cantar su prosa y compartirla. No dejemos de brindar por el canto de las aves.

 

Lady López

Equipo Editor

 

 

 

 

 

 

Please don't say you're sorry
(I've heard it all before)

 

Oscar David López

 

Para Fernando Vallejo


Sabía que no moriría porque no vi esa película de mi vida, la misma que la gente dice que los moribundos ven antes de entrar al infierno. No la vi. No la vi. No la vi. Y no sé si alegrarme por ello o sentirme defraudado. El infierno me pertenece desde hace años. Lo habito desenvolviéndome en la noche como un faro desasido del prostituto. Ando en la no-pena sobre esta soledad mía. No temeroso ni gozoso. Entre el smog y el pavimento se detuvo el impacto. Ginetta G4 a 140 km x hora contra el barandal de protección. La joroba de Gonzalitos y Ruíz Cortines. Tres giros de toma panorámica. Travel around kármico. Un Monterrey mocho y sin sentido. Ciudad dividida. Pobres. Y. Ricos. Así separado, porque ellos no se revuelven a menos que uno sea el cliente y otro el mesero.


Minutos antes él -un chico nacido en mi mismo 1982- había dicho que esa avenida es un disco de la columna vertebral de la zona metropolitana. Estudia medicina, pensé. Y le sonreí. Sabía que el exceso es hermoso. Por eso mucha coca y agua. Muchos whiskeys, cervezas y sudor en los sillones launch del Parking. Madonna disculpándose eterna en todos los idiomas. He escuchado todo eso antes. Igual ella lo ha escuchado. Y ha cantado todo eso antes también. Pero no quiere perdonar. No queremos decir lo siento. Nos impactamos contra un deseo aún inconciente. Cuasi-suicidas bebiendo su propio semen para alcanzar a ver a Narciso.


Damos una voltereta sobre el techo del Ginetta. G4: las mejores airbags. G4: los mejores rines. G4: el único con equipo de sonido megasound non plus ultra. G4 vuelto como una tortilla que se debe calentar por ambos lados. De cabeza unos segundos. Otro impacto. Otra máquina que no es una G4. Así que no es importante su historia. No es necesaria la gente que no maneja un modelo 2007 en el 2006. Adiós aquéllas histéricas fulanas del Atos. Basta con su afán protagónico. Vayan a pedir limosna a una ambulancia. Nosotros estamos nadando en bolsas de aire. De pronto, Ginetta de pie. Nada importa. Las luces nos proyectan al mil por ciento. Una mirada. Él se lamenta por su auto. Bajamos por entre decenas de nubes construidas con tecnología alemana, con plástico francés y rellenas al instante con aire regiomontano. Salvación internacional.


Oh G4, eres pérdida total. Él -que es otro a la luz de la intemperie- pide que me vaya porque son precisas muchas patrullas para detener el tránsito en esta pista de hotwheels. Largas filas de borrachos que serán detenidos porque a este hijodepapi se le ocurrió llevar a su ligue al depa. Un ligue ficticio porque durante el efecto coca todo es atracción. Este es mi infierno. Hasta los deformes tendrían suerte en un reality show con sólo mover el culo cuando a los productores los pincha la soledad. Amigo de un amigo mío. Gay de clóset en la iglesia. Cristiano de clóset en el antro. Así son los ligues. Así son los oligofrénicos cuando la desesperanza los habita. Así el vacío cada vez más carne y atracción. Doble Monterrey a la deriva.


Este desconocido ha perdido su auto. Huye ahora, escucho dentro de mí. Él ha llamado al chofer de su familia para que venga a responsabilizarse. Cinco fracciones de segundo bastan para que la servidumbre acepte dar su vida a cambio de una recompensa. Lo abrazo y capturo su número telefónico en mi celular. Lamento inalámbrico. Oye, escúchame, acabo de chocar contra mi mismo. Pero ¿cómo?, ¿eso es posible? Sí, es simple: uno se mira al espejo y se descubre. ¿Qué mayor hallazgo que el horror de saberse siempre el mismo? Hello. It’s me. No more exit. Al alejarme en un taxi pienso llamarle para preguntar por su salud y disculparme por el abandono. Pero Madonna también invade la radio. Por favor no digas que lo sientes. Tenemos todas las líneas saturadas. Además él ya ha escuchado eso antes. Ya lo ha escuchado antes. Ya lo ha escuchado antes. Es el mes de Mayo. Y los hijosdepapi han chocado todas las equinas de Monterrey.

 

 

 

Rogelio Duraltti: Un pintor y su obra

 

Abdul Sahib Machi García

 

 

 

Cuando nació fue un niño robusto, rojizo como las tardes del noroeste del país del águila hambrienta. Era la ilusión encarnada, por años esperada, de la hermosa Alicia y el paciente Manuel. Alicia y Manuel habían pasado los seis años anteriores viviendo juntos, y decidieron no casarse pues les parecía una treta legal aquel asunto del matrimonio. Manuel solía decir: "¡Va! Con ese papelito todo se convierte en interés; y eso de la iglesia es como un clavo en la cabeza". Alicia no decía nada, aunque sin duda lo pensaba.

   Una tarde, Alicia dijo a Manuel que tendrían un hijo; hacía cuatro años que lo esperaban, pero la naturaleza nos se los había concedido. La ilusión había llegado de nuevo: tendrían un pequeño.

Nació ocho meses después. Habiendo tenido de un difícil embarazo, Alicia quedó en coma durante el alumbramiento: dos meses más tarde murió. Los médicos atribuyeron su muerte a la luna llena que la noche de su alumbramiento iluminó aquella  pequeña ciudad cuyos habitantes aún no se desasían de sus supersticiones.

   Manuel se quedó solo con su hijo. Él pensó alguna noche, en la oscuridad, mientras el niño dormía profundamente: "Nunca nos casamos. Y si existiera un infierno. Y si se le ha juzgado por nuestra unión ilegitima ante Dios. Y si ella en el infierno gime y llora de dolor; no, no pienses más: ella descansa y nada más que eso". Y veía a su hijo, y veía en él al universo, a la naturaleza, al hombre; a Dios.

   El niño fue llamado Rogelio. Le amó con amor de padre y madre. Le enseñó lo que la vida puede aparentar y lo que es, sutil diferencia. Rogelio creció ágil, brillante e increíblemente viril. Comprendía bien lo que toda ciencia ofrece, pero el arte, ciencia olvidada, le infectó el alma y la razón.

   En esos días de su juventud Rogelio escribía cartas de amores fingidos a cuanta joven hermosa le fuera posible seducir. Ellas no se negaban a él. Qué mujer se negaría al prototipo del hombre valeroso, ingenioso, inocente, perversamente gentil; al prototipo del hombre imperioso que brinca murallas de un salto, que seduce mujeres con par de frases.

   Gustaba, Rogelio, de la pintura. Virtuosas se deslizaban sus manos sobre el lienzo. Cubos, mundos abstractos, todo podía plasmarlo en un lienzo.

   Veinte años tenía cuando Manuel, su padre, murió de cáncer en la piel. Él decía que el cáncer lo tenía en el alma desde que su amada Alicia murió veinte años atrás y que moriría pronto, y le sobrevivió, no obstante, dos décadas.

   El joven Rogelio supo como sobreponerse a aquella terrible perdida. Pintó y pintó hasta que en su casa no tuvo cabida ni el más pequeño de los cuadros; tuvo que deshacerse de ellos vendiéndolos. Fue así que inició su trabajo como pintor, como artista, profesional.

   Gracias a que su padre le había heredado dinero suficiente para sus necesidades y deleites, y a los ingresos de sus trabajos artísticos, terminó desahogadamente sus estudios en la escuela de arte, donde le fue concedido un empleo como profesor y asesor de pintura y artes plásticas.

   Ya era feliz de nuevo. El tiempo le había ofrecido el alivio al dolor de la perdida del padre y de la ausencia de la madre. A Dios no le había necesitado nunca, pensaba él. Sus rezos nocturnos les eran dirigidos a sus cortejadas, a sus jóvenes amadas o deseadas. No creía más que en él mismo y tal vez en la virtuosidad de sus manos.

   El joven profesor de pintura creció como artista y como hombre. No eran extraños los rumores de sus relaciones amorosas con sus alumnas de la escuela de arte; no importaba, el gran Rogelio Duraltti era un artista y es conocida la extravagancia y ocurrencias del poeta, del músico, del pintor y de todo gran creador.

   Un verano hirviente y rojizo como aquél en que él mismo nació, una nueva alumna ingresó en aquella institución donde el impartía sus clases. Rogelio la miró en el comedor, desde lejos, pues él almorzaba donde los profesores lo hacían y la joven donde los alumnos.

   Rogelio no probó bocado alguno aquella mañana. Sus compañeros le observaron distante, perdido, como se podía imaginar a un pintor,

ensimismado, frente a su obra maestra.

   Aquella mujer no podía ser menos que un espejismo de sus deseos más grandes. Y si era real, entonces quedaría justificado el por qué tantas culturas, como la griega, vieron en sus mujeres a diosas.

   Dado que aquella joven no estaba inscrita en su clase, indagó sobre ella los siguientes días. Ella existía, definitivamente. No había soñado. Era un ser humano tan bello, como debía ser imperfecto, al igual que él. Rogelio no vio a la joven que tanto le inspiró en algunos días. La escuela era numerosa y no era conveniente indagar de forma impropia.

   Cuando salió del taller de pintura miró al ángel cuya humanidad logró hacer pensar a Rogelio que existía la belleza absoluta, aunque esta cavilación sólo fuera una idea delirante como el amor. Se acercó a ella. Se miraba como una diosa, olía como un jardín; pero Rogelio recordó que ella era solamente una mujer y que podía hablarle, podía tocarla y podía poseerla; hermoso fin le deparaba el futuro: había que conquistarla hasta seducir su más íntimo sueño.

   Una tarde obscura y lluviosa como aquellas que causan tristeza en los poetas, Rogelio salió de su aula, había enseñado a sus alumnos la técnica del óleo. Muchos jóvenes estudiantes estaban en la salida de la escuela esperando que menguara aquella tormenta. Entre la muchedumbre de jovenzuelos impacientes, miró a una hermosa diosa parada, mezclada entre los mortales. Era ella, era la joven estudiante que lo había cautivado. Dos días atrás, de manera por demás fortuita, se había enterado que su nombre era Leila. Ahora sabía que su ángel de carne exquisita llevaba por nombre: Leila. Se acercó, entonces, a ella, sigilosamente, como un felino se acerca a su presa. Ella se percató de su cercanía, pero ignoró su intención.

   –Hola –le saludó Rogelio.

Ella fingió sorpresa, pero ya había adivinado sus intenciones.

   –Hola –respondió Leila tratando de no darle demasiada importancia al saludo.

   –¿Eres nueva aquí? –preguntó Rogelio.

   –Sí, hace un par de semanas que llegué a la ciudad y me inscribí en el instituto.

   –Bienvenida seas. ¿Cuál es tu nombre? –preguntó Rogelio aun sabiendo ya su nombre.

   –Leila

   –Hermoso nombre, como tú misma: Leila.

   –¡Vaya! El gran artista Rogelio Duraltti cree que mi nombre es hermoso: tu nombre suena ya en la capital, ¡eso debe de ser más hermoso! –comentó Leila.

   –Serías una insigne musa para mis obras.

   –¿Acostumbras a cortejar a las alumnas de la escuela? –inquirió la joven.

   –No, hasta hoy. No puedo dejar de admirar tu belleza.

   –Ha dejado de llover; es mejor que me vaya.

   –¿Puedo acompañarte? –preguntó Rogelio.

   –No es prudente. Hasta pronto –se despidió Leila mientras el pintor la miraba absorto con el caminar de ella.

   En los siguientes días Rogelio no tuvo la oportunidad de charlar con la hermosa Leila. Había vivido abstraído, enajenado durante esos días, pensando en su encuentro. No había duda. Debía continuar. Debía obtener el interés de aquella joven. No había otra cosa más qué hacer: tenía que hacer que ella lo amara como él sentía que la amaba a ella. Rogelio creía en el amor instantáneo, por qué no existiría el amor instantáneo si todo, hasta lo más absurdo, era instantáneo. Además recordó que lo había experimentado con algunas pinturas. Una tarde, quince años atrás, en que visitó una galería en la gran capital, tuvo el placer de mirar una exposición de Salvador Dalí, el gran excéntrico de mostacho caricaturesco. ¡Qué deleite fue, entonces, para él poder admirar aquellas imágenes! Fue como enamorarse a primera vista. Fue en aquella exposición donde decidió ser pintor, ser un gran pintor, el más grande de su patria, y poco a poco lograba su cometido. Su nombre, en exposiciones a lo largo del país, era respetado y era ensalzada su virtuosidad. Pero aún no llegaba una obra maestra, la que lo consolidaría como un grande en su arte: "ya llegará", pensaba Rogelio.

   Leila se había fascinado con la personalidad de Rogelio. Era aun más enigmático de lo que pensó. En su encuentro con el pintor intentó exitosamente no mostrar signo alguno de inquietud; le respetaba demasiado como para no turbarse al verlo a su lado, al oír su voz; pero logró controlarse y mostró un cierto desdén, hecho que la hacía pensar constantemente que tal vez había exagerado. Tal vez no debía haberse mostrado tan desinteresada hacia el artista, cuando en realidad aquel encuentro había significado mucho para ella. Leila se torturaba al pensar que Rogelio podría no querer tener otro encuentro con una mujer, en este caso ella, que no le diera su debida importancia. Pero pensaba también en lo que le habían dicho su madre y sus compañeras de la escuela secundaria: "Debes mostrar poco interés; los hombres le dan más importancia a las mujeres que se dan su lugar".

   Una mañana en uno de los descansos entre clase y clase tuvieron un nuevo encuentro. En esta ocasión los dos se buscaron y se hallaron. Charlaron tanto que Leila no entró a su siguiente clase y Rogelio les pidió a sus alumnos que practicaran una nueva técnica que les había enseñado, mientras él arreglaba unos asuntos. La charla había pasado de ser un simple saludo de cortesía a un análisis pictórico del realismo al cubismo y al expresionismo.

   Tres semanas después era tal la confianza de Leila hacia Rogelio que ella lo visitaba a su casa. Fue ahí, en casa de Rogelio, que su relación pasó de ser una relación amistosa a una relación amorosa. Una noche en que Rogelio ofrecióa Leila un par de copas de vino y miraban un libro con fotografías de pinturas célebres de pintores de todas las épocas, Leila miró fijamente a Rogelio y él le correspondió acercándose a ella y la besó. La pasión fue tanta que en el momento se entregaron uno al otro. Siempre recordarían aquel momento.

   Rogelio era feliz, tanto como Leila. Las autoridades de la escuela, al percatarse de la relación, le pidieron al pintor que fuera discreto ya que no sería bien recibida, en caso de que se divulgara, la noticia de que un maestro del instituto sostuviera una relación amorosa con una alumna. Aunque ella era mayor de edad y no existía ningún impedimento legal para aquella relación, ambos decidieron seguir las recomendaciones que se les había dado de conservar aquello en secreto, o al menos en moderada discreción.

   A pesar de lo obvio de su unión no corrieron rumores mal intencionados y Rogelio y Leila eran felices y se amaban, no había duda.

   De pronto la popularidad del pintor creció debido a una exposición de su obra que se había efectuado en el extranjero. Tuvo que dejar la escuela y dedicar su tiempo a viajar de ciudad en ciudad a sus exposiciones. Leila lo extrañaba, durante sus frecuentes viajes, pero no le reprochaba sus ausencias. Ella sentía placer en el goce de su amado Rogelio: el gran Rogelio Duraltti.

   El ajetreo del éxito y los constantes viajes deterioraban la salud y el ánimo del pintor, quien aparentaba ahora veinte años más de los que tenía. En un año había envejecido y su mirada se había hecho más sombría. Hablaba menos, reía menos y pintaba más cada vez. Cuando estaba con Leila sólo hablaba de caballetes, cuadros, lienzos y óleo. Leila, que amaba pintar, dejó la escuela de pintura; sentía que había comenzado a odiar la pintura y todo lo concerniente a ella. Amaba a Rogelio y esa ramera, la pintura, se lo quitaba. Para ella pintar había sido divertirse, soñar y relajarse; para él era morir lentamente, ataviado por los pinceles, los lienzos, los caballetes y por los mercaderes de cuadros que lo flagelaban con costos y subastas.

   Rogelio decidió descansar de la pintura, las exposiciones y de los

representantes artísticos. Fue así que le pidió a Leila, sin solemnidad,

mientras almorzaban, que se casaran. Ella aceptó y pensó que sería una forma de sacar a Rogelio de aquella enajenación que le causaba su arte.

   Antes de su boda se hizo evidente la necesidad de Rogelio de ganar dinero, por lo que después de un muy breve descanso volvió a trabajar en sus pinturas, y el ajetreo de las exposiciones volvió a ser su modus vivendi. Leila llegó a creer que no se casaría con Rogelio. Tenía el sueño recurrente de que él se enamoraba de una heroína, pintada por él mismo, y que a ella la despreciaba.

 

   En una sencilla ceremonia, a la que no asistieron los padres de Leila por su desacuerdo con aquella unión, se casaron. Él siguió en sus exposiciones por todo el país. Ella lo acompañaba en sus viajes pocas veces; odiaba viajar.

   La gran obra que Rogelio esperaba aún no se presentaba. Esto frustraba al artista, tanto que su carácter se fue ensombreciendo más. Además, los viajes y los trámites que le eran requeridos a Rogelio para presentar sus exposiciones lo aturdían demasiado, aun cuando la mayoría de este trabajo lo realizaban sus representantes. También él, como Leila, por momentos sentía que comenzaba a odiar la pintura, pero terminaba dominándolo aquel fuego que consume el alma de los grandes artistas. Su espíritu comenzaba a extinguirse en una angustia que no le permitía dormir más de tres horas cada noche. Habían pasado más de tres años de su matrimonio y Leila aun deseándolo más que nada desde el primer día, no había podido quedar preñada. Rogelio no pensaba demasiado en ello, sin embargo aveces lo soñaba despierto. Imaginaba a un pequeño pintor que lograse lo que él, su padre, no había logrado. Entonces despertaba de su delirio, aterrado, pensando en que había comenzado a aceptar la posibilidad de no llegar a ser el gran artista que soñó y deseó ser desde temprana edad. Ya no podría ser el inmortal Rogelio Duraltti, el eterno pintor y maestro cuyo nombre consagraría la historia. Tal vez su hijo sí lograría su utópica fantasía.

"¡No! Yo seré grande; no hay cabida para el fracaso y la pusilanimidad", se decía sacando fuerzas de su miseria.

   Una tarde, cinco años después de su unión, Rogelio y Leila se dirigieron a las afueras de la ciudad, a petición de ella. Le había dicho que tenía algo

importante que decirle antes de que partiera a su exposición fuera de la ciudad. Caminaron tomados de la mano. Ella lucia hermosa, más radiante que de costumbre. Sus ojos brillaban, irradiaban lo que a Rogelio le faltaba: vida. Él, miserable, lánguido, corvado; una sombra del gallardo Rogelio de años atrás, le sostenía la mano y caminaba más que acompañando a su dama, siendo halado por ella. Subieron una pendiente rocosa que gustaban visitar cuando los ojos de Rogelio aún brillaban. Llegaron hasta la cima de un risco, donde ella le tomó ambas manos y le pidió que mirara a sus ojos fijamente. Él lo hizo. Se suscitó un silencio breve después del cual ella, con soltura, pero con solemnidad, le dijo:

    –Por fin, Rogelio. Tendremos un hijo: estoy embarazada.

   El rostro del pintor no mostró expresión alguna y volvió la vista hacia el paisaje rocoso que mostraba el descendente risco. Después de unos segundos dijo:

   –¡Qué miseria!, y tiene que cargar con un fracasado como padre.

   Ella le miró y le dijo:

   –Eres un gran artista. Eres reconocido; no nos hace falta dinero. Ya has juntado suficiente. Puedes dar clases en la escuela, como antes lo hacías. Él, nuestro hijo, estará orgulloso de ti, como yo lo estoy.

   –No es suficiente –gritó Rogelio, soltándose de los brazos de su mujer que lo sostenían–. No he logrado pintar una obra inmortal que me inmortalice a mí.

   –Tu hijo te inmortalizará, perpetuará tu sangre y la mía –replicó Leila.

   Entonces ella le tomó del brazo. En el momento Rogelio se soltó empujándola para librarse de sus manos. Leila resbaló y cayó por la inclinada pendiente de aquel risco. Él trató de detener su caída, pero Leila cayó. Rogelio bajó hasta donde su esposa había caído y se encontró con el horror de que ella estaba muerta. La miró, espantado, y no se movió del lado de ella. Pasaron horas y empezó a oscurecer.

   Sus ojos ya no mostraban el horror de antes, ahora reflejaban una carencia de vida, como nunca antes habían mostrado; se hubiese podido decir que Rogelio mostraba menos vida que un mediocre retrato sobre un viejo lienzo.

   Había anochecido. Rogelio se paró, miró el cuerpo sin vida de Leila, tocó su vientre y casi desfalleció de dolor en aquel instante, pero pronto su rostro retomó su inexpresividad. Tomó el cuerpo de su mujer y lo puso entre la maleza que predominaba en la parte inferior de la falda de aquel cerro pedregoso. La escondió, según pensó, de los animales carroñeros que podrían cometer la injuria de dañar el cadáver de su Leila.

   Se alejó caminando lentamente, con su mirada perdida en otro mundo, mundo prohibido a los vivos. Llegó a su casa, de donde obtuvo un cuchillo, un par de frascos, algodón, una pala y una linterna. Ya era noche y nadie había en las calles que le mirara. Puso todo lo que adquirió en su casa dentro de un saco grande y partió hacia donde yacía el cuerpo de Leila.

   Al llegar al lugar Rogelio comenzó a cavar hasta lograr corromper la dura tierra pedregosa. Logró, pues, escarbar una fosa suficientemente amplia para que cupiera el cuerpo de su esposa. Se sentó y esperó a que comenzara a clarear. Entonces, cuando el sol comenzó a aparecer, sacó del saco el cuchillo y cortó las venas del cadáver de Leila, vertiendo la sangre que de ella brotaba en uno de los frascos. Ya que el corazón muerto de su mujer no latía ya, era difícil obtener el líquido pues no había presión que indujera a la sangre a salir del cuerpo. Se las arregló y con un algodón terminó de obtener la sangre que quedaba en las heridas, exprimiéndolo en el frasco.

   Cuando el sol había salido por completo Rogelio enterró a Leila y mientras lo hacía lloraba amargamente; no pudo contenerse.

   Se marchó. Caminó con el saco por las calles de la ciudad, sucio y

desgarbado. Trató de desmanchar la sangre que le había caído en sus ropas, pero no lo había logrado hacer por completo. Cuando abrió la puerta de su casa se encontró con media docena de papeles que habían sido deslizados por debajo de la puerta; le habían buscado para su viaje a la ciudad donde se realizaría su próxima exposición, esa misma noche, y al no hallarlo deslizaron las cartas baja la puerta. Poco le importaba eso y cualquier cosa.

   Se dirigió a su estudio. Colocó un caballete y un lienzo enmarcado. Tomó el frasco donde vertió la sangre y lo abrió. Buscó varios pinceles y hundió uno de ellos en el recipiente. Y comenzó a pintar en el lienzo los contornos de un busto cuyas rudimentarias facciones lentamente fueron adquiriendo la imagen de una mujer, mujer que mostraba una larga y lacia cabellera. Aquella imagen indefinida, pintada con la sangre del frasco, fue retocada, después de que secó la sangre, con pinturas vivas, de colores exquisitos y contornos excelsos. Una belleza singular mostraba aquel retrato y al cabo de horas de trazos, pincelazos ornamentareos, pasión, dolor, recuerdos e incertidumbre, no cabía duda que la dama del retrato era Leila. Y no había duda que la misma "Mona Lisa" hubiera envidiado su viveza y belleza.

   Cuatro días después, los representantes de Rogelio habían ido a buscarle por cada rincón. Habían dado parte de la desaparición de Rogelio y Leila al departamento de investigaciones de la policía. En las indagatorias de los oficial es, un vecino de la pareja dijo haber visto a Rogelio caminar desaliñado y en extremo sucio por la calle, con un saco y aparentemente manchado con pintura roja ennegrecida, "cosa no rara para un pintor de casas, pero no para un pintor de estudio", comentó el vecino de los Duraltti. La autoridades tuvieron que esperar un par de días más y dada la extraña ausencia de los dos se procedió a obtener una orden para entrar a la casa de Rogelio y Leila.

   Mientras en las afueras de la ciudad se buscaban indicios de cualquier accidente del cual pudieron haber sido víctimas. Se disponían las autoridades a abrir la casa del artista y su mujer.

   Se encontró el cuerpo sin vida de Rogelio en las faldas de un risco; se había arrojado. Encontraron también el cuerpo de Leila enterrado a no más de seis metros de donde yacía Rogelio.

   Cuando entraron a la casa, desconociendo el hallazgo que otros agentes policiales habían hecho de los cuerpos sin vida de Rogelio y Leila, las autoridades, los padres de Leila, que habían sido notificados por la policía, y los representantes de Rogelio, percibieron un hedor a podredumbre. Se dirigieron al lugar del que provenía y miraron, maravillados, el retrato de Leila cuya imagen deslumbraba aun al más exigente crítico del arte pictórico. Descubrieron que el hedor provenía de un par de frascos casi vacíos, que contenían alguna sustancia al parecer orgánica. Un oficial se acercó el frasco a la nariz y olfateándolo dijo: "Esto es sangre". Los padres de Leila casi desfallecieron, mientras los oficiales se preguntaban qué estaba ocurriendo allí. Uno de los representantes artísticos de Rogelio dijo: "¡Esta pintura es oro, es sublime!" El otro representante comentó fascinado: "Es como si hubiese tomado el alma de ella y la hubiese puesto en el lienzo: ¡es inmortal!" En ese momento un oficial entró en la casa y les dijo que habían encontrado el cadáver de los dos a las afueras de la ciudad. Los padres de Leila lloraban desconsoladamente, mientras los oficiales se rompían la cabeza tratando de saber qué había ocurrido. Uno de los representantes de Rogelio dijo: "El gran Rogelio ha muerto, pero su obra es inmortal y la ha inmortalizado a ella".

    Al acercarse al retrato, todos se percataron de que a lo lejos de la imagen de Leila, a sus espaldas, en el lienzo, había otra pequeña imagen: era el retrato de Rogelio quien cargaba un pequeño niño robusto y sonriente.

 

 

 

 

 

 

 

 Revelaciones con whiskey

             A Leticia Ruiz

 

 

 

Ana María Fuster Lavín 

   

 

Las luces del bar danzan entre la música de bachata y el humo de los cigarrillos; poco a poco iban convocándome hacia esa nota emergente para que pudiera olvidar el nerviosismo, así como el temblor de mis rodillas, el mareo del último whiskey en las rocas. No soy una persona tímida, es que estoy loca por verlo.  Es inevitable, él terminará dándose cuenta, mejor le cuento todo. Sin hay prisa, sin apresurar, siempre hay otro día. ¿Cómo se revela un secreto así?  No importa, lo haré, a fin de cuentas para eso cité. Tardé tanto tiempo en encontrarlo, tanto como en buscarlo. Los últimos años traté de dar con él, cuando lo perdí la primera vez nunca supe si recuperaría su amor. Al principio no me importó, pero con el tiempo tuve la necesidad de él.

    Han pasado veinte años, fui tan inmadura al dejarlo, pero yo sólo tenía dieciocho. Estaba enfocada en la joda y ganaba los suficiente en camas de alquiler para pagar las cuentas; para gozarme un buen traje, zapatos de tacón maquillaje de marca; para pagar la comida y la gasolina... Estoy segura de que él no lo hubiese entendido. Espero no haberle provocado mucho daño. 

    ¡Por favor, otro whiskey doble! ¡Cuánto tarda, a lo mejor se arrepintió. Aunque, lucía muy entusiasmado. Recuerdo cuando lo observé aquella última vez, dormía tranquilo en el sofá de la salita sin sospechar nada. No sé cómo tuve el valor o la cobardía de irme. Le pedí a Matilde, mi hermana, que se quedara con él mientras recogía mis cosas, y lo entretuviera para que no se diera cuenta. Ella se enojó conmigo, cómo abandonar a Raúl, nadie te va a querer como él, necesita de ti, me dijo, por eso Matilde nunca me perdonó. ¿Cómo tuve los escrúpulos de abandonarlo? Después he intentado llamarla muchas veces, pero se mudó para que no la encontrara. Sospeché siempre que mi hermana se había quedado con Raúl, no me molestó, pues tuve siempre la certeza de que ella iba a ser una mejor compañera, no le faltaría nada.

    No llega. El trago tiene que durar hasta que él llegue, mejor me entretengo fumando. Ojalá pudiera ignorar la maldita vellonera. Esas baladitas son como las que me cantaba al oído uno de mis amantes, aquel gordo gerencial del banco en Miramar. Siempre olía a manteca de las frituras que comía a mediodía, ni se lavaba la boca. Me revolvía las tripas cuando cabalgaba mi vientre sobre su escritorio.  Al menos era muy generoso, entregaba la paga por mis servicios en un sobre sellado, siempre superaba mis honorarios. Por eso aguantaba el asco que me provocaba su aliento, su pegajoso sudor, sus colgajos de grasa arropándome.  Ese fue mi último cliente, al gerente superior de la sucursal se le quedó una tarde el maletín y entró con el guardia de seguridad, nos atrapó en pleno trabajo, el maldito gordo dio un brinco y me llenó con su semen la camisa nueva. Me limpié como pude con su chaqueta y me subí los pantalones; el pobre gordo sólo lloraba y suplicaba a su superior que no lo despidiera; yo agarré el sobre de dinero que estaba en el bolsillo de su pantalón y corrí lo más veloz que pude. Tanto que en la salida choqué con un motociclista que estacionaba justo en la acera. ¡Así me rompí la puñetera nariz!

     Fue así también como me topé con Raúl después de tantos años. Es obvio que no supe en ese momento que era él, había cambiado muchísimo. El encuentro no fue tan mágico o melodramático como la sociedad podría aplaudir en una sala de cine. A pesar del susto que le di, me levantó del piso y aplicó un pañuelo en mi nariz. Sin quitarse el casco aún, me llevó a la oficina de un veterinario que queda en esa área de Miramar. Al fin de cuentas, todos somos animales, pensé. Me dijo que era amigo suyo, que me atendería y si necesitaba algo más que no dudara en llamarlo, me dio tarjeta de presentación, en el momento la guardé sin leer. Afortunadamente la fractura no fue muy seria.

    Al día siguiente lo llamé. No sabía qué sacaría con esa llamada, en realidad nunca he sido muy agradecida, tampoco nadie lo ha merecido, excepto mi añorado Raúl y la necesidad de decirle tantas cosas. ¿Me habría olvidado después? Pensaba en él cada vez que me ocurría una nueva desventura.

     Leí la tarjeta, decía Raúl Quiroga, arquitecto. ¡Arquitecto! Increíble, sonaba a mucho dinero, pero no pensé tampoco en ofrecerle mis servicios, pese a que en ese momento no sabía que se trataba de mi Raúl, también se había cambiado su apellido. Sólo lo llamé y le expliqué que era la mujer accidentada. Me preguntó si estaba bien, si necesitaba algo, le contesté que  buscaba trabajo, en realidad quería tomarme unas vacaciones de mi profesión y estaba caliente en los hoteles de Santurce, ya era hora de hacer algo más relajado, de oficina. Dijo que su secretaria se había ido de vacaciones de maternidad y que el trabajo era mío, sólo me lo aseguraba por dos meses. ¿Sospechará algo? Llevo seis meses allí, y ella nunca regresó.

    ¡Ya se acerca! Está muy guapo. Sí, hola, qué bueno que llegaste, te atrasaste algo pero no importa, escuchaba la música y pensaba. Me dijo que estaba hermosa y encendió mi cigarrillo. Pidió un vino tinto, estaba cambiado y refinado, me sentía tan feliz junto a él. Recuerdo el día que llegué a su oficina, me enseñó todo el lugar y me dijo que lo más importante era que atendiera el teléfono y procesara su correspondencia. Menos mal que era algo sencillo, le había mentido cuando le expliqué que tenía experiencia como oficinista.  ¿Qué hubiese dicho? Profesión: prostituta. En los primeros días lo que más me preocupara era la posibilidad que me reconociera, aunque hubiese pasado tanto tiempo.

    —¡Salud, Amanda!—Dijo, mirándome a los ojos, siempre lo hacía con sorpresa, con un brillo especial que deslumbraba mis recuerdos. El segundo día en su oficina, había visto en un pequeño marco oculto tras tantos otros una foto de él y mía, ni me acordaba de ella, tuve que encerrarme en el baño a llorar, no podía creer que el destino después de tanta escoria me había vuelto a unir a él. Veinte años alejada del amor de mi vida. Saqué la foto del marco y la guardé en mi cartera. Ahora, profesión: oficinista.

     Desde ese día no sólo realizaba las tareas que me asignaba, sino que siempre tenía listo el café a las horas que le gustaba, le ponía flores frescas semanalmente en la recepción y los lunes le traía galletitas, pastelitos o chocolates que preparaba los domingos en mi casa. Podría así recuperaría el tiempo perdido, disculpar mi abandono; los hombres no perdonan con tanta facilidad, prefieren olvidar y seguir adelante.

    —¡Salud! Sabes, te cité aquí, porque necesito hablarte, no sé cómo comenzar. ¿De verdad no sabes quién soy?—Bajé la mirada y busqué otro cigarrillo en mi cartera, pensé son los años, antes era gordita, ahora estoy tan flaca y con el cabello largo y rubio; eso es, encima gastá, tantos años de puta.

    —Hay algo en tu mirada que me cautiva. Sí, siempre he sentido que nos conocemos de hace años. Y no digas esa palabra tan fea…

    —¿No te acuerdas de mí? Bueno, no me sorprende, he cambiado mucho.

    —Eres hermosa.

    —Estoy vieja.

    —¡Por Dios! No eres tan mayor, además, siempre me han entusiasmado las mujeres no las niñas. Eres muy interesante.

    —Quizás no deba decirte quien soy; en fin, no te acuerdas... No me hagas caso.  Es el whiskey...—Mi corazón palpitaba tan rápido que pensé que me iba a desmayar, el amor era lo único que me ayudaba a mantenerme y demorar la nota pálida que comenzaba a atacarme.

    —No me importa que estés así. Yo te ayudaré a dejar la mierda de whiskey, que huele a insecticida, te llevaré a mi casa. Te amo, desde el primer día que te vi en la oficina, después de tu loco accidente contra mi motora. Te metiste en mis poros y cada vez que te veo se me eriza la piel, te repito de nuevo que te amo. Estoy enamorado. Tu mirada me mata, como si me hubiese visto tantas veces en tu mirada.-Dijo Raúl y me besó en la boca.

Lo separé con delicadeza y le sonreí amargamente entre la emoción y los deseos de vomitar hasta los intestinos, la bebida, la vida, y lo miré a los ojos.

    —Soy tu madre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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