Cuando nació fue un niño robusto, rojizo como las
tardes del noroeste del país del águila hambrienta.
Era la ilusión encarnada, por años esperada, de la
hermosa Alicia y el paciente Manuel. Alicia y Manuel
habían pasado los seis años anteriores viviendo
juntos, y decidieron no casarse pues les parecía una
treta legal aquel asunto del matrimonio. Manuel
solía decir: "¡Va! Con ese papelito todo se
convierte en interés; y eso de la iglesia es como un
clavo en la cabeza". Alicia no decía nada, aunque
sin duda lo pensaba.
Una tarde, Alicia dijo a Manuel que tendrían un
hijo; hacía cuatro años que lo esperaban, pero la
naturaleza nos se los había concedido. La ilusión
había llegado de nuevo: tendrían un pequeño.
Nació ocho meses después. Habiendo tenido de un
difícil embarazo, Alicia quedó en coma durante el
alumbramiento: dos meses más tarde murió. Los
médicos atribuyeron su muerte a la luna llena que la
noche de su alumbramiento iluminó aquella pequeña
ciudad cuyos habitantes aún no se desasían de sus
supersticiones.
Manuel se quedó solo con su hijo. Él pensó alguna
noche, en la oscuridad, mientras el niño dormía
profundamente: "Nunca nos casamos. Y si existiera un
infierno. Y si se le ha juzgado por nuestra unión
ilegitima ante Dios. Y si ella en el infierno gime y
llora de dolor; no, no pienses más: ella descansa y
nada más que eso". Y veía a su hijo, y veía en él al
universo, a la naturaleza, al hombre; a Dios.
El niño fue llamado Rogelio. Le amó con amor de
padre y madre. Le enseñó lo que la vida puede
aparentar y lo que es, sutil diferencia. Rogelio
creció ágil, brillante e increíblemente viril.
Comprendía bien lo que toda ciencia ofrece, pero el
arte, ciencia olvidada, le infectó el alma y la
razón.
En esos días de su juventud Rogelio escribía
cartas de amores fingidos a cuanta joven hermosa le
fuera posible seducir. Ellas no se negaban a él. Qué
mujer se negaría al prototipo del hombre valeroso,
ingenioso, inocente, perversamente gentil; al
prototipo del hombre imperioso que brinca murallas
de un salto, que seduce mujeres con par de frases.
Gustaba, Rogelio, de la pintura. Virtuosas se
deslizaban sus manos sobre el lienzo. Cubos, mundos
abstractos, todo podía plasmarlo en un lienzo.
Veinte años tenía cuando Manuel, su padre, murió
de cáncer en la piel. Él decía que el cáncer lo
tenía en el alma desde que su amada Alicia murió
veinte años atrás y que moriría pronto, y le
sobrevivió, no obstante, dos décadas.
El joven Rogelio supo como sobreponerse a aquella
terrible perdida. Pintó y pintó hasta que en su casa
no tuvo cabida ni el más pequeño de los cuadros;
tuvo que deshacerse de ellos vendiéndolos. Fue así
que inició su trabajo como pintor, como artista,
profesional.
Gracias a que su padre le había heredado dinero
suficiente para sus necesidades
y deleites, y a los ingresos de sus trabajos
artísticos, terminó desahogadamente sus estudios en
la escuela de arte, donde le fue concedido un empleo
como profesor
y asesor de pintura y artes plásticas.
Ya era feliz de nuevo. El tiempo le había
ofrecido el alivio al dolor de la perdida del padre
y de la ausencia de la madre. A Dios no le había
necesitado nunca, pensaba él. Sus rezos nocturnos
les eran dirigidos a sus cortejadas, a sus jóvenes
amadas o deseadas. No creía más que en él mismo y
tal vez en la virtuosidad de sus manos.
El joven profesor de pintura creció como artista
y como hombre. No eran extraños los rumores de sus
relaciones amorosas con sus alumnas de la escuela de
arte; no importaba, el gran Rogelio Duraltti era un
artista y es conocida la extravagancia y ocurrencias
del poeta, del músico, del pintor y de todo gran
creador.
Un verano hirviente y rojizo como aquél en que él
mismo nació, una nueva alumna ingresó en aquella
institución donde el impartía sus clases. Rogelio la
miró en el comedor, desde lejos, pues él almorzaba
donde los profesores lo hacían y la joven donde los
alumnos.
Rogelio no probó bocado alguno aquella mañana.
Sus compañeros le observaron distante, perdido, como
se podía imaginar a un pintor,
ensimismado, frente a su obra maestra.
Aquella mujer no podía ser menos que un espejismo
de sus deseos más grandes. Y si era real, entonces
quedaría justificado el por qué tantas culturas,
como la griega, vieron en sus mujeres a diosas.
Dado que aquella joven no estaba inscrita en su
clase, indagó sobre ella los siguientes días. Ella
existía, definitivamente. No había soñado. Era un
ser humano tan bello, como debía ser imperfecto, al
igual que él. Rogelio no vio a la joven que tanto le
inspiró en algunos días. La escuela era numerosa y
no era conveniente indagar de forma impropia.
Cuando salió del taller de pintura miró al ángel
cuya humanidad logró hacer pensar a Rogelio que
existía la belleza absoluta, aunque esta cavilación
sólo fuera una idea delirante como el amor. Se
acercó a ella. Se miraba como una diosa, olía como
un jardín; pero Rogelio recordó que ella era
solamente una mujer y que podía hablarle, podía
tocarla y podía poseerla; hermoso fin le deparaba el
futuro: había que conquistarla hasta seducir su más
íntimo sueño.
Una tarde obscura y lluviosa como aquellas que
causan tristeza en los poetas, Rogelio salió de su
aula, había enseñado a sus alumnos la técnica del
óleo. Muchos jóvenes estudiantes estaban en la
salida de la escuela esperando que menguara aquella
tormenta. Entre la muchedumbre de jovenzuelos
impacientes, miró a una hermosa diosa parada,
mezclada entre los mortales. Era ella, era la joven
estudiante que lo había cautivado. Dos días atrás,
de manera por demás fortuita, se había enterado que
su nombre era Leila. Ahora sabía que su ángel de
carne exquisita llevaba por nombre: Leila. Se
acercó, entonces, a ella, sigilosamente, como un
felino se acerca a su presa. Ella se percató de su
cercanía, pero ignoró su intención.
–Hola –le saludó Rogelio.
Ella fingió sorpresa, pero ya había adivinado sus
intenciones.
–Hola –respondió Leila tratando de no darle
demasiada importancia al saludo.
–¿Eres nueva aquí? –preguntó Rogelio.
–Sí, hace un par de semanas que llegué a la
ciudad y me inscribí en el instituto.
–Bienvenida seas. ¿Cuál es tu nombre? –preguntó
Rogelio aun sabiendo ya su nombre.
–Leila
–Hermoso nombre, como tú misma: Leila.
–¡Vaya! El gran artista Rogelio Duraltti cree que
mi nombre es hermoso: tu nombre suena ya en la
capital, ¡eso debe de ser más hermoso! –comentó
Leila.
–Serías una insigne musa para mis obras.
–¿Acostumbras a cortejar a las alumnas de la
escuela? –inquirió la joven.
–No, hasta hoy. No puedo dejar de admirar tu
belleza.
–Ha dejado de llover; es mejor que me vaya.
–¿Puedo acompañarte? –preguntó Rogelio.
–No es prudente. Hasta pronto –se despidió Leila
mientras el pintor la miraba absorto con el caminar
de ella.
En los siguientes días Rogelio no tuvo la
oportunidad de charlar con la hermosa Leila. Había
vivido abstraído, enajenado durante esos días,
pensando en su encuentro. No había duda. Debía
continuar. Debía obtener el interés de aquella
joven. No había otra cosa más qué hacer: tenía que
hacer que ella lo amara como él sentía que la amaba
a ella. Rogelio creía en el amor instantáneo, por
qué no existiría el amor instantáneo si todo, hasta
lo más absurdo, era instantáneo. Además recordó que
lo había experimentado con algunas pinturas. Una
tarde, quince años atrás, en que visitó una galería
en la gran capital, tuvo el placer de mirar una
exposición de Salvador Dalí, el gran excéntrico de
mostacho caricaturesco. ¡Qué deleite fue, entonces,
para él poder admirar aquellas imágenes! Fue como
enamorarse a primera vista. Fue en aquella
exposición donde decidió ser pintor, ser un gran
pintor, el más grande de su patria,
y poco a poco lograba su cometido. Su nombre, en
exposiciones a lo largo del país, era respetado y
era ensalzada su virtuosidad. Pero aún no llegaba
una obra maestra, la que lo consolidaría como un
grande en su arte: "ya llegará", pensaba Rogelio.
Leila se había fascinado con la personalidad de
Rogelio. Era aun más enigmático de lo que pensó. En
su encuentro con el pintor intentó exitosamente no
mostrar signo alguno de inquietud; le respetaba
demasiado como para no turbarse al verlo a su lado,
al oír su voz; pero logró controlarse y mostró un
cierto desdén, hecho que la hacía pensar
constantemente que tal vez había exagerado. Tal vez
no debía haberse mostrado tan desinteresada hacia el
artista, cuando en realidad aquel encuentro había
significado mucho para ella. Leila se torturaba al
pensar que Rogelio podría no querer tener otro
encuentro con una mujer, en este caso ella, que no
le diera su debida importancia. Pero pensaba también
en lo que le habían dicho su madre y sus compañeras
de la escuela secundaria: "Debes mostrar poco
interés; los hombres le dan más importancia a las
mujeres que se dan su lugar".
Una mañana en uno de los descansos entre clase y
clase tuvieron un nuevo encuentro. En esta ocasión
los dos se buscaron y se hallaron. Charlaron tanto
que Leila no entró a su siguiente clase y Rogelio
les pidió a sus alumnos que practicaran una nueva
técnica que les había enseñado, mientras él
arreglaba unos asuntos. La charla había pasado de
ser un simple saludo de cortesía a un análisis
pictórico del realismo al cubismo y al
expresionismo.
Tres semanas después era tal la confianza de
Leila hacia Rogelio que ella lo visitaba a su casa.
Fue ahí, en casa de Rogelio, que su relación pasó de
ser una relación amistosa a una relación amorosa.
Una noche en que Rogelio ofrecióa Leila un par de
copas de vino y miraban un libro con fotografías de
pinturas célebres de pintores de todas las épocas,
Leila miró fijamente a Rogelio y él le correspondió
acercándose a ella y la besó. La pasión fue tanta
que en el momento se entregaron uno al otro. Siempre
recordarían aquel momento.
Rogelio era feliz, tanto como Leila. Las
autoridades de la escuela, al percatarse de la
relación, le pidieron al pintor que fuera discreto
ya que no sería bien recibida, en caso de que se
divulgara, la noticia de que un maestro del
instituto sostuviera una relación amorosa con una
alumna. Aunque ella era mayor de edad y no existía
ningún impedimento legal para aquella relación,
ambos decidieron seguir las recomendaciones que se
les había dado de conservar aquello en secreto, o al
menos en moderada discreción.
A pesar de lo obvio de su unión no corrieron
rumores mal intencionados y Rogelio y Leila eran
felices y se amaban, no había duda.
De pronto la popularidad del pintor creció debido
a una exposición de su obra que se había efectuado
en el extranjero. Tuvo que dejar la escuela y
dedicar su tiempo a viajar de ciudad en ciudad a sus
exposiciones. Leila lo extrañaba, durante sus
frecuentes viajes, pero no le reprochaba sus
ausencias. Ella sentía placer en el goce de su amado
Rogelio: el gran Rogelio Duraltti.
El ajetreo del éxito y los constantes viajes
deterioraban la salud y el ánimo del pintor, quien
aparentaba ahora veinte años más de los que tenía.
En un año había envejecido y su mirada se había
hecho más sombría. Hablaba menos, reía menos y
pintaba más cada vez. Cuando estaba con Leila sólo
hablaba de caballetes, cuadros, lienzos y óleo.
Leila, que amaba pintar, dejó la escuela de pintura;
sentía que había comenzado a odiar la pintura y todo
lo concerniente a ella. Amaba a Rogelio y esa
ramera, la pintura, se lo quitaba. Para ella pintar
había sido divertirse, soñar y relajarse; para él
era morir lentamente, ataviado por los pinceles, los
lienzos, los caballetes y por los mercaderes de
cuadros que lo flagelaban con costos y subastas.
Rogelio decidió descansar de la pintura, las
exposiciones y de los
representantes artísticos. Fue así que le pidió a
Leila, sin solemnidad,
mientras almorzaban, que se casaran. Ella aceptó y
pensó que sería una forma de sacar a Rogelio de
aquella enajenación que le causaba su arte.
Antes de su boda se hizo evidente la necesidad de
Rogelio de ganar dinero, por lo que después de un
muy breve descanso volvió a trabajar en sus
pinturas, y el ajetreo de las exposiciones volvió a
ser su modus vivendi. Leila llegó a creer que
no se casaría con Rogelio. Tenía el sueño recurrente
de que él se enamoraba de una heroína, pintada por
él mismo, y que a ella la despreciaba.
En una sencilla ceremonia, a la que no asistieron
los padres de Leila por su desacuerdo con aquella
unión, se casaron. Él siguió en sus exposiciones por
todo el país. Ella lo acompañaba en sus viajes pocas
veces; odiaba viajar.
La gran obra que Rogelio esperaba aún no se
presentaba. Esto frustraba al artista, tanto que su
carácter se fue ensombreciendo más. Además, los
viajes y los trámites que le eran requeridos a
Rogelio para presentar sus exposiciones lo aturdían
demasiado, aun cuando la mayoría de este trabajo lo
realizaban sus representantes. También él, como
Leila, por momentos sentía que comenzaba a odiar la
pintura, pero terminaba dominándolo aquel fuego que
consume el alma de los grandes artistas. Su espíritu
comenzaba a extinguirse en una angustia que no le
permitía dormir más de tres horas cada noche. Habían
pasado más de tres años de su matrimonio y Leila aun
deseándolo más que nada desde el primer día, no
había podido quedar preñada. Rogelio no pensaba
demasiado en ello, sin embargo aveces lo soñaba
despierto. Imaginaba a un pequeño pintor que lograse
lo que él, su padre, no había logrado. Entonces
despertaba de su delirio, aterrado, pensando en que
había comenzado a aceptar la posibilidad de no
llegar a ser el gran artista que soñó y deseó ser
desde temprana edad. Ya no podría ser el inmortal
Rogelio Duraltti, el eterno pintor y maestro cuyo
nombre consagraría la historia. Tal vez su hijo sí
lograría su utópica fantasía.
"¡No! Yo seré grande; no hay cabida para el fracaso
y la pusilanimidad", se decía sacando fuerzas de su
miseria.
Una tarde, cinco años después de su unión,
Rogelio y Leila se dirigieron a las afueras de la
ciudad, a petición de ella. Le había dicho que tenía
algo
importante que decirle antes de que partiera a su
exposición fuera de la ciudad. Caminaron tomados de
la mano. Ella lucia hermosa, más radiante que de
costumbre. Sus ojos brillaban, irradiaban lo que a
Rogelio le faltaba: vida. Él, miserable, lánguido,
corvado; una sombra del gallardo Rogelio de años
atrás, le sostenía la mano y caminaba más que
acompañando a su dama, siendo halado por ella.
Subieron una pendiente rocosa que gustaban visitar
cuando los ojos de Rogelio aún brillaban. Llegaron
hasta la cima de un risco, donde ella le tomó ambas
manos y le pidió que mirara a sus ojos fijamente. Él
lo hizo. Se suscitó un silencio breve después del
cual ella, con soltura, pero con solemnidad, le
dijo:
–Por fin, Rogelio. Tendremos un hijo: estoy
embarazada.
El rostro del pintor no mostró expresión alguna y
volvió la vista hacia el paisaje rocoso que mostraba
el descendente risco. Después de unos segundos dijo:
–¡Qué miseria!, y tiene que cargar con un
fracasado como padre.
Ella le miró y le dijo:
–Eres un gran artista. Eres reconocido; no nos
hace falta dinero. Ya has juntado suficiente. Puedes
dar clases en la escuela, como antes lo hacías. Él,
nuestro hijo, estará orgulloso de ti, como yo lo
estoy.
–No es suficiente –gritó Rogelio, soltándose de
los brazos de su mujer que lo sostenían–. No he
logrado pintar una obra inmortal que me inmortalice
a mí.
–Tu hijo te inmortalizará, perpetuará tu sangre y
la mía –replicó Leila.
Entonces ella le tomó del brazo. En el momento
Rogelio se soltó empujándola para librarse de sus
manos. Leila resbaló y cayó por la inclinada
pendiente de aquel risco. Él trató de detener su
caída, pero Leila cayó. Rogelio bajó hasta donde su
esposa había caído y se encontró con el horror de
que ella estaba muerta. La miró, espantado, y no se
movió del lado de ella. Pasaron horas y empezó
a oscurecer.
Sus ojos ya no mostraban el horror de antes,
ahora reflejaban una carencia de vida, como nunca
antes habían mostrado; se hubiese podido decir que
Rogelio mostraba menos vida que un mediocre retrato
sobre un viejo lienzo.
Había anochecido. Rogelio se paró, miró el cuerpo
sin vida de Leila, tocó su vientre y casi
desfalleció de dolor en aquel instante, pero pronto
su rostro retomó su inexpresividad. Tomó el cuerpo
de su mujer y lo puso entre la maleza que
predominaba en la parte inferior de la falda de
aquel cerro pedregoso. La escondió, según pensó, de
los animales carroñeros que podrían cometer la
injuria de dañar el cadáver de su Leila.
Se alejó caminando lentamente, con su mirada
perdida en otro mundo, mundo prohibido a los vivos.
Llegó a su casa, de donde obtuvo un cuchillo, un par
de frascos, algodón, una pala y una linterna. Ya era
noche y nadie había en las calles que le mirara.
Puso todo lo que adquirió en su casa dentro de un
saco grande y partió hacia donde yacía el cuerpo de
Leila.
Al llegar al lugar Rogelio comenzó a cavar hasta
lograr corromper la dura tierra pedregosa. Logró,
pues, escarbar una fosa suficientemente amplia para
que cupiera el cuerpo de su esposa. Se sentó y
esperó a que comenzara a clarear. Entonces, cuando
el sol comenzó a aparecer, sacó del saco el cuchillo
y cortó las venas del cadáver de Leila, vertiendo la
sangre que de ella brotaba en uno de los frascos. Ya
que el corazón muerto de su mujer no latía ya, era
difícil obtener el líquido pues no había presión que
indujera a la sangre a salir del cuerpo. Se las
arregló y con un algodón terminó de obtener la
sangre que quedaba en las heridas, exprimiéndolo en
el frasco.
Cuando el sol había salido por completo Rogelio
enterró a Leila y mientras lo hacía lloraba
amargamente; no pudo contenerse.
Se marchó. Caminó con el saco por las calles de
la ciudad, sucio y
desgarbado. Trató de desmanchar la sangre que le
había caído en sus ropas, pero no lo había logrado
hacer por completo. Cuando abrió la puerta de su
casa se encontró con media docena de papeles que
habían sido deslizados por debajo de la puerta; le
habían buscado para su viaje a la ciudad donde se
realizaría su próxima exposición, esa misma noche, y
al no hallarlo deslizaron las cartas baja la puerta.
Poco le importaba eso y cualquier cosa.
Se dirigió a su estudio. Colocó un caballete y un
lienzo enmarcado. Tomó el frasco donde vertió la
sangre y lo abrió. Buscó varios pinceles y hundió
uno de ellos en el recipiente. Y comenzó a pintar en
el lienzo los contornos de un busto cuyas
rudimentarias facciones lentamente fueron
adquiriendo la imagen de una mujer, mujer que
mostraba una larga y lacia cabellera. Aquella imagen
indefinida, pintada con la sangre del frasco, fue
retocada, después de que secó la sangre, con
pinturas vivas, de colores exquisitos y contornos
excelsos. Una belleza singular mostraba aquel
retrato y al cabo de horas de trazos, pincelazos
ornamentareos, pasión, dolor, recuerdos e
incertidumbre, no cabía duda que la dama del retrato
era Leila. Y no había duda que la misma "Mona Lisa"
hubiera envidiado su viveza y belleza.
Cuatro días después, los representantes de
Rogelio habían ido a buscarle por cada rincón.
Habían dado parte de la desaparición de Rogelio y
Leila al departamento de investigaciones de la
policía. En las indagatorias de los oficial
es, un vecino de la pareja dijo haber visto a
Rogelio caminar desaliñado y en extremo sucio por la
calle, con un saco y aparentemente manchado con
pintura roja ennegrecida, "cosa no rara para un
pintor de casas, pero no para un pintor de estudio",
comentó el vecino de los Duraltti. La autoridades
tuvieron que esperar un par de días más y dada la
extraña ausencia de los dos se procedió a obtener
una orden para entrar a la casa de Rogelio y Leila.
Mientras en las afueras de la ciudad se buscaban
indicios de cualquier accidente del cual pudieron
haber sido víctimas. Se disponían las autoridades a
abrir la casa del artista y su mujer.
Se encontró el cuerpo sin vida de Rogelio en las
faldas de un risco; se había arrojado. Encontraron
también el cuerpo de Leila enterrado a no más de
seis metros de donde yacía Rogelio.
Cuando entraron a la casa, desconociendo el
hallazgo que otros agentes policiales habían hecho
de los cuerpos sin vida de Rogelio y Leila, las
autoridades, los padres de Leila, que habían sido
notificados por la policía, y los representantes de
Rogelio, percibieron un hedor a podredumbre. Se
dirigieron al lugar del que provenía y miraron,
maravillados, el retrato de Leila cuya imagen
deslumbraba aun al más exigente crítico del arte
pictórico. Descubrieron que el hedor provenía de un
par de frascos casi vacíos, que contenían alguna
sustancia al parecer orgánica. Un oficial se acercó
el frasco a la nariz
y olfateándolo dijo: "Esto es sangre". Los padres de
Leila casi desfallecieron, mientras los oficiales se
preguntaban qué estaba ocurriendo allí. Uno de los
representantes artísticos de Rogelio dijo: "¡Esta
pintura es oro, es sublime!" El otro representante
comentó fascinado: "Es como si hubiese tomado el
alma de ella y la hubiese puesto en el lienzo: ¡es
inmortal!" En ese momento un oficial entró en la
casa y les dijo que habían encontrado el cadáver de
los dos a las afueras de la ciudad. Los padres de
Leila lloraban desconsoladamente, mientras los
oficiales se rompían la cabeza tratando de saber qué
había ocurrido. Uno de los representantes de Rogelio
dijo: "El gran Rogelio ha muerto, pero su obra es
inmortal y la ha inmortalizado a ella".
Al acercarse al retrato, todos se percataron de que
a lo lejos de la imagen de Leila, a sus espaldas, en
el lienzo, había otra pequeña imagen: era el retrato
de Rogelio quien cargaba un pequeño niño robusto y
sonriente.

Revelaciones con whiskey
A Leticia Ruiz
Ana María
Fuster Lavín
Las luces del bar danzan entre
la música de bachata y el humo de los cigarrillos;
poco a poco iban convocándome hacia esa nota
emergente para que pudiera olvidar el nerviosismo,
así como el temblor de mis rodillas, el mareo del
último whiskey en las rocas. No soy una persona
tímida, es que estoy loca por verlo. Es inevitable,
él terminará dándose cuenta, mejor le cuento todo.
Sin hay prisa, sin apresurar, siempre hay otro día.
¿Cómo se revela un secreto así? No importa, lo
haré, a fin de cuentas para eso cité. Tardé tanto
tiempo en encontrarlo, tanto como en buscarlo. Los
últimos años traté de dar con él, cuando lo perdí la
primera vez nunca supe si recuperaría su amor. Al
principio no me importó, pero con el tiempo tuve la
necesidad de él.
Han pasado veinte años, fui
tan inmadura al dejarlo, pero yo sólo tenía
dieciocho. Estaba enfocada en la joda y ganaba los
suficiente en camas de alquiler para pagar las
cuentas; para gozarme un buen traje, zapatos de
tacón maquillaje de marca; para pagar la comida y la
gasolina... Estoy segura de que él no lo hubiese
entendido. Espero no haberle provocado mucho daño.
¡Por favor, otro whiskey
doble! ¡Cuánto tarda, a lo mejor se arrepintió.
Aunque, lucía muy entusiasmado. Recuerdo cuando lo
observé aquella última vez, dormía tranquilo en el
sofá de la salita sin sospechar nada. No sé cómo
tuve el valor o la cobardía de irme. Le pedí a
Matilde, mi hermana, que se quedara con él mientras
recogía mis cosas, y lo entretuviera para que no se
diera cuenta. Ella se enojó conmigo, cómo
abandonar a Raúl, nadie te va a querer como él,
necesita de ti, me dijo, por eso Matilde
nunca me perdonó. ¿Cómo tuve los escrúpulos de
abandonarlo? Después he intentado llamarla muchas
veces, pero se mudó para que no la encontrara.
Sospeché siempre que mi hermana se había quedado con
Raúl, no me molestó, pues tuve siempre la certeza de
que ella iba a ser una mejor compañera, no le
faltaría nada.
No llega. El trago tiene
que durar hasta que él llegue, mejor me entretengo
fumando. Ojalá pudiera ignorar la maldita
vellonera. Esas baladitas son como las que me
cantaba al oído uno de mis amantes, aquel gordo
gerencial del banco en Miramar. Siempre olía a
manteca de las frituras que comía a mediodía, ni se
lavaba la boca. Me revolvía las tripas cuando
cabalgaba mi vientre sobre su escritorio. Al menos
era muy generoso, entregaba la paga por mis
servicios en un sobre sellado, siempre superaba mis
honorarios. Por eso aguantaba el asco que me
provocaba su aliento, su pegajoso sudor, sus
colgajos de grasa arropándome. Ese fue mi último
cliente, al gerente superior de la sucursal se le
quedó una tarde el maletín y entró con el guardia de
seguridad, nos atrapó en pleno trabajo, el maldito
gordo dio un brinco y me llenó con su semen la
camisa nueva. Me limpié como pude con su chaqueta y
me subí los pantalones; el pobre gordo sólo lloraba
y suplicaba a su superior que no lo despidiera; yo
agarré el sobre de dinero que estaba en el bolsillo
de su pantalón y corrí lo más veloz que pude. Tanto
que en la salida choqué con un motociclista que
estacionaba justo en la acera. ¡Así me rompí la
puñetera nariz!
Fue así también como me
topé con Raúl después de tantos años. Es obvio que
no supe en ese momento que era él, había cambiado
muchísimo. El encuentro no fue tan mágico o
melodramático como la sociedad podría aplaudir en
una sala de cine. A pesar del susto que le di, me
levantó del piso y aplicó un pañuelo en mi nariz.
Sin quitarse el casco aún, me llevó a la oficina de
un veterinario que queda en esa área de Miramar. Al
fin de cuentas, todos somos animales, pensé. Me dijo
que era amigo suyo, que me atendería y si necesitaba
algo más que no dudara en llamarlo, me dio tarjeta
de presentación, en el momento la guardé sin leer.
Afortunadamente la fractura no fue muy seria.
Al día siguiente lo llamé.
No sabía qué sacaría con esa llamada, en realidad
nunca he sido muy agradecida, tampoco nadie lo ha
merecido, excepto mi añorado Raúl y la necesidad de
decirle tantas cosas. ¿Me habría olvidado después?
Pensaba en él cada vez que me ocurría una nueva
desventura.
Leí la tarjeta, decía Raúl
Quiroga, arquitecto. ¡Arquitecto! Increíble, sonaba
a mucho dinero, pero no pensé tampoco en ofrecerle
mis servicios, pese a que en ese momento no sabía
que se trataba de mi Raúl, también se había cambiado
su apellido. Sólo lo llamé y le expliqué que era la
mujer accidentada. Me preguntó si estaba bien, si
necesitaba algo, le contesté que buscaba trabajo,
en realidad quería tomarme unas vacaciones de mi
profesión y estaba caliente en los hoteles de
Santurce, ya era hora de hacer algo más relajado, de
oficina. Dijo que su secretaria se había ido de
vacaciones de maternidad y que el trabajo era mío,
sólo me lo aseguraba por dos meses. ¿Sospechará
algo? Llevo seis meses allí, y ella nunca regresó.
¡Ya se acerca! Está muy
guapo. Sí, hola, qué bueno que llegaste, te
atrasaste algo pero no importa, escuchaba la música
y pensaba. Me dijo que estaba hermosa y encendió
mi cigarrillo. Pidió un vino tinto, estaba cambiado
y refinado, me sentía tan feliz junto a él. Recuerdo
el día que llegué a su oficina, me enseñó todo el
lugar y me dijo que lo más importante era que
atendiera el teléfono y procesara su
correspondencia. Menos mal que era algo sencillo, le
había mentido cuando le expliqué que tenía
experiencia como oficinista. ¿Qué hubiese dicho?
Profesión: prostituta. En los primeros días lo que
más me preocupara era la posibilidad que me
reconociera, aunque hubiese pasado tanto tiempo.
—¡Salud, Amanda!—Dijo,
mirándome a los ojos, siempre lo hacía con sorpresa,
con un brillo especial que deslumbraba mis
recuerdos. El segundo día en su oficina, había visto
en un pequeño marco oculto tras tantos otros una
foto de él y mía, ni me acordaba de ella, tuve que
encerrarme en el baño a llorar, no podía creer que
el destino después de tanta escoria me había vuelto
a unir a él. Veinte años alejada del amor de mi
vida. Saqué la foto del marco y la guardé en mi
cartera. Ahora, profesión: oficinista.
Desde ese día no sólo
realizaba las tareas que me asignaba, sino que
siempre tenía listo el café a las horas que le
gustaba, le ponía flores frescas semanalmente en la
recepción y los lunes le traía galletitas,
pastelitos o chocolates que preparaba los domingos
en mi casa. Podría así recuperaría el tiempo
perdido, disculpar mi abandono; los hombres no
perdonan con tanta facilidad, prefieren olvidar y
seguir adelante.
—¡Salud! Sabes, te cité
aquí, porque necesito hablarte, no sé cómo comenzar.
¿De verdad no sabes quién soy?—Bajé la mirada y
busqué otro cigarrillo en mi cartera, pensé son los
años, antes era gordita, ahora estoy tan flaca y con
el cabello largo y rubio; eso es, encima gastá,
tantos años de puta.
—Hay algo en tu mirada que
me cautiva. Sí, siempre he sentido que nos conocemos
de hace años. Y no digas esa palabra tan fea…
—¿No te acuerdas de mí?
Bueno, no me sorprende, he cambiado mucho.
—Eres hermosa.
—Estoy vieja.
—¡Por Dios! No eres tan
mayor, además, siempre me han entusiasmado las
mujeres no las niñas. Eres muy interesante.
—Quizás no deba decirte
quien soy; en fin, no te acuerdas... No me hagas
caso. Es el whiskey...—Mi corazón palpitaba tan
rápido que pensé que me iba a desmayar, el amor era
lo único que me ayudaba a mantenerme y demorar la
nota pálida que comenzaba a atacarme.
—No me importa que estés
así. Yo te ayudaré a dejar la mierda de whiskey, que
huele a insecticida, te llevaré a mi casa. Te amo,
desde el primer día que te vi en la oficina, después
de tu loco accidente contra mi motora. Te metiste en
mis poros y cada vez que te veo se me eriza la piel,
te repito de nuevo que te amo. Estoy enamorado. Tu
mirada me mata, como si me hubiese visto tantas
veces en tu mirada.-Dijo Raúl y me besó en la boca.
Lo separé con delicadeza y le
sonreí amargamente entre la emoción y los deseos de
vomitar hasta los intestinos, la bebida, la vida, y
lo miré a los ojos.
—Soy tu madre.