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REINVENTANDO A LOS CLÁSICOS
(Número
Cero)
Clásico, que viene del latín classicum -y significa de
primera clase-, se aplica a la lengua, el estilo, las obras, los
artistas, etc..., pertenecientes a la época de mayor esplendor de
una evolución artística o literaria. También se aplica, por
oposición a romántico o a barroco, a cualquier creación del espíritu
humano en que la razón y el equilibrio predominan sobre la pasión o
la exaltación. Si lo usamos como adjetivo, definiría a los que se
adaptan a las normas consideradas como fórmula de perfección.
Sin embargo,
en la lengua española, el concepto de clásico es bastante impreciso
y oscila entre la noción de lo modélico y definitivamente consagrado
y la de lo propio de la antigüedad griega y latina, si bien, en un
sentido más estricto, se usa para denominar las características
comunes a una tradición de orden, equilibrio, claridad y buen gusto
que derivaría de la esplendorosa cultura grecolatina. El clasicismo
-como concepto portador de los preceptos clásicos- fue ignorado en
los países europeos por la literatura del Renacimiento, aceptándose
luego y manteniéndose durante el s. XVIII en Francia y en otros
países -entre ellos España- donde se impuso con el nombre más
apropiado de neoclasicismo. Eugenio d'Ors en España y T.S. Elliot en
Gran Bretaña, entre otros, hicieron su particular lucha el siglo
pasado para que la noción de lo clásico se interpretara como una
forma cultural representativa de un sentido de madurez y plenitud.
Nuestra
actual concepción de lo "clásico" -creo que con bastante acierto- es
mucho más amplia y, en el plano literario, entendemos como clásicos
a autores de demostrada valía con independencia del país, lengua,
época, movimiento, estilo, tendencia o corriente en que se
manifiesta. Por ello, en esta sección nos iremos "reinventando" -y
trataremos de redescubrirlos hablando de ellos- a griegos y latinos,
como Demócrito o Virgilio; a autores de la Edad Media, como Berceo o
Jorge Manrique; a poetas renacentistas como Boscán o Garcilaso,
místicos como S. Juan de la Cruz o Sta. Teresa y genios de las
letras como Cervantes; a plumas barrocas como Lope o Calderón,
líricos de la talla de Góngora o Quevedo, místicos como Sor Juana
Inés o pícaros como Mateo Alemán; a románticos, como Larra y
Mesoneros Romanos o Zorrilla y Espronceda; a post románticos, como
Bécquer y Rosalía, a realistas, como Alarcón, Clarín o Pereda; o
noveintayochistas, como Darío y Machado o Unamuno y Baroja; a los
del 27, como Salinas, Lorca, Alberti o Cernuda; a modernistas y
contemporáneos, como Benavente e Inclán, Miguel Hernández y Celaya,
Borges y Cortázar, Cela y Delibes, García Márquez y Antonio Gala...
O sea, Clásicos.
Estoy seguro
-y los trabajos que vamos recibiendo ya nos lo confirma- que la
sección dedicada a los clásicos gozará de una calidad acorde con el
significado del latinajo que le da nombre, es decir, de primera
clase. No puede ser menos, porque eso es lo que se pretende con
Palabras Diversas: letras de primera clase para lectores de
primera clase, letras de calidad para lectores que saben encontrar
placer en el mágico mundo de las letras. No puede ser de otro modo.
Sólo hay que echar un vistazo a las firmas -dejando de lado la mía,
pero incluyendo a Juan A. Molina, mi compañero de responsabilidades
en esta sección- que lucen en cada una de las secciones de la
revista para saber que se cumplirán de sobra los objetivos, y que la
luz, fluyendo ingénita, brillará cual reflejo de mil soles en las
pupilas de todo aquel que se asome a sus páginas.
No quiero
terminar esta especie de introducción a lo que será esta reinventora
sección en esta novísima revista, sin dedicar unas letras a otro
gran clásico, a un clásico de la entrega, del altruismo, de hacer el
bien por doquier, de la preocupación por los demás, de no estar
quieto un momento y no dormir por las noches pensando en qué poder
darles mañana a todos esos que están ahí fuera que les reporte un
poco de mejoría en su salud, un poco de bienestar en sus vidas o una
pequeña alegría en sus corazones. Me refiero al padre de la
criatura, al impulsor de la idea, a Luis E. Prieto. Una vez más, mi
querido amigo Luis me demuestra que, cuando -años ha- lo califiqué
de persona excelente, no estaba equivocado.
Mi
bienvenida a todos.
Alfonso
Estudillo Calderón
Equipo
Editor

En un lugar
de la imaginación
El lector se
convirtió en el libro; y la noche de verano era como el ser
consciente del libro.
WALLACE
STEVENS
¿Qué hacer
para seguir viviendo?
Alonso
Quijano es consciente de que la vida se acaba, de que ha entrado en
la recta final de su existencia. Se encuentra en la encrucijada,
inevitablemente conflictiva, entre el orden y el destino (Ferlosio
dixit). Las fuerzas enflaquecen. Extinto el ánimo, la soledad
es grande y crece la pesadumbre, presagio de la muerte venidera.
La solución
está en la literatura. Los libros le van a ayudar a inventar un
personaje que le devuelve la ilusión, las ganas de seguir viviendo.
No será más un pobre viejo melancólico y aburrido que ve pasar el
tiempo añorando la infancia y sus princesas. Ha decidido ser Don
Quijote de La Mancha. Transformado en libro vivirá eterna memoria
entre nosotros. Bastará abrir una de sus hojas para encontrarnos con
él en un mundo lleno de aventuras, abierto a los sueños, territorio
invencible de la imaginación en donde los molinos de viento pueden
ser gigantes o las zafias labradoras pintiparadas doncellas.
Su forma de
leer los textos, de comprenderlos e interpretarlos, es tan libre y
tan fantástica que roza la locura. Lector y personajes se funden y
confunden en un juego de identidades y de espejos en el que la
literatura y la vida, lejos de diferenciarse u oponerse, se mezclan
de tal forma que lo que en principio pudiera parecer bacía de
barbero, es, desde otro punto de vista y por arte de encantamientos
y lecturas, yelmo de Mambrino.
¿Para qué
leer sino para vivir otras vidas, imaginar otras existencias que tal
vez pudieran haber sido o serán las nuestras?
Cuando se
habla de la vida de un hombre o de una mujer, cuando se hace
recapitulación o resumen, se suele relatar lo que esa persona llevó
a cabo y lo que le pasó efectivamente. Todos tenemos en el fondo la
misma tendencia, es decir, a irnos viendo en las diferentes etapas
de nuestra vida como el resultado y el compendio de lo que nos ha
ocurrido y de lo que hemos realizado, como si fuera tan sólo eso lo
que configura nuestra existencia. Olvidamos casi siempre que la vida
de las personas no son sólo eso. Cada trayectoria se compone
también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras
omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos
de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas
posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse, de
nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos
frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos
paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros.
Las personas tal vez consistimos, en suma, tanto en lo que somos
como en lo que no hemos sido o seremos, tanto en lo comprobable y
cuantificable como en lo más incierto, indeciso y difuminado, quizá
estemos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser y,
por lo tanto, de lo que siempre y aún será.
La lectura es
el camino que emprende Alonso Quijano para buscar y hallar su lugar
en el mundo, para ser el que es, el que desea llegar a ser porque
quiere seguir viviendo. De hecho, en la segunda parte de la obra,
Don Quijote tiene conocimiento de la publicación de sus hazañas,
motivo éste que determinará sus futuras peripecias. Por eso la
novela de Cervantes suscita en el lector continuas referencias a su
propia biografía. Ciertamente, uno tiene la sensación de estar
“leyéndose” a medida que transcurren las páginas y las aventuras del
hidalgo manchego. No es nada extraño que Borges, en uno de sus
cuentos más conocidos, inventara un personaje como Pierre Menard,
auténticamente convencido de ser el verdadero autor del Quijote.
Porque cuando
una obra maestra supera al propio creador, y precisamente es esto lo
que las define y diferencia como tales, son los lectores, como Don
Quijote o como Pierre Menard, quienes toman la palabra recreando,
reescribiendo, dando vida, tejiendo a través del tiempo una red en
la que todos quedamos atrapados: El influjo y la magia de la
literatura.
Una
literatura llena de dudas e incertidumbres en la que cualquier
situación o personaje, cualquier circunstancia da lugar a diversas
perspectivas y posiciones. Caben múltiples lecturas: ni bacía ni
yelmo, baciyelmo. Transformación y cambio fruto del consenso
y de la imprescindible actitud de saber escuchar a los demás. ¿Qué
sería de la novela de Cervantes si suprimiésemos el debate y el
diálogo entre los personajes?
El humor, la
risa, la ironía, la imaginación libre y la duda constante serán
nuestras lanzas en ristre para comprender y combatir la
intolerancia, el pensamiento único, la reacción de los necios
mercaderes.
Si sólo
conocemos la verdad cuando no imponemos la nuestra, leer es abrir
nuevos horizontes donde ejercitarnos para poder seguir viviendo.

Las velas del amador
(Mitologías
de América)
Don Juan Tenorio
había llorado sobre la tumba de Doña Inés. Al final, acaso, había
entendido que el Amor era una expiación. Por eso, en la escena del
teatro se develaba una estatua. En medio de las sombras Doña Inés
sale de su tumba y exclama: “Don Juan mi mano asegura/esta mano que
a la altura/tendio tu contrito afán/y Dios perdona a Don Juan/al pie
de la sepultura”. Cuando el relato de Don Juan Tenorio, de José
Zorrilla, cruzó el mar desde España, el actor llegó tan maltrecho
que se lo confundió con cualquier personaje entregado a los lances
amorosos. Y había una diferencia: los donjuanes de América no
sufrían por amor. Sin embargo el personaje se había convertido en
sinónimo de buscador de aventuras amatorias y por eso no fue casual
que en San Miguelito, en Tungurahua, el cazador de fragancias del
pueblo sea conocido como Don Tenorio, olvidándose el de Juan, porque
hasta el nombre no había podido desembarcar de España. Este mozuelo
llevaba una máxima: la empresa amatoria más ardua lo catapultaría a
ser la admiración de todas las muchachas del pueblo. Por este motivo
eligió a una hija de Maria, como se conocía a las doncellas que
estaban con la profesión de beatas en el cuello. La joven llegaba
temprano a la iglesia envuelta en una chalina negra y su cara
cubierta de un velo casi imperceptible, aunque se podía intuir su
cabellera larga. Don Tenorio la esperó con paciencia. Sabia que no
hay diligencia mejor que la realizada con cautela. La damisela
declinó, al inició, la invitación pero ante los ruegos aceptó
encontrarse en las primeras sombras de la tarde. Los jóvenes
parecieron entenderse con las miradas. La mujer lo condujo hasta una
casa apartada. Al cerrar la puerta una habitación mínima se develó
ante la insistencia de un escaso fuego producido por siete velas.
Las siluetas se proyectaron en las paredes ásperas con olor a
tierra. Las sombras parecían disiparse y cuando Don Tenorio se
acercó el leve resplandor se consumió. Las palabras se quedaron
flotando en el aire. El joven llamó tiernamente a su futura amada
pero no obtuvo respuesta. Después a tientas intentó localizar una
cerilla pero fue inútil. Palpó la pared y tampoco encontró la
salida. Fue allí que comenzaron los fatigosos gritos envueltos en un
eco bronco, en medio de una estancia oscura. Su cuerpo cayó al suelo
sólo para comprobar que la tierra era más húmeda que antes. Para el
tercer día Don Tenorio tenia la garganta lacerada y sus leves
quejidos eran cada vez más distantes. Pero no dio tregua y siguió
gritando mientras sus manos arañaban la pared, con rastros de
sangre. Ese día el sepulturero del pueblo llegó mas temprano y
escucho unas voces que salían de una tumba. Antes de que el aliento
se le termine llego hasta la casa del teniente político con la
inesperada noticia y la cara desencajada como un mal agüero. Cuando
los dos hombres se dirigieron al cementerio ya les acompañaba una
muchedumbre ansiosa por escuchar las voces que salían del
cementerio. El panteonero, junto con algunos vecinos, cavó
rápidamente la fosa y en medio de terrones negruzcos apareció la
cabeza de Don Tenorio, con los ojos lastimados por la luz. Fue
sacado al vilo y antes que pudiera decir nada se arrodilló delante
de medio pueblo y pidió perdón por su único delito: burlador de
mujeres. Los viejos de San Miguelito aun no se ponen de acuerdo en
las versiones del hecho. Hay quienes aseguran que Don Tenorio entró
en un convento; otros dicen que una alma del otro mundo se enamoró
del mozuelo. Mas, en los textos de Zorrilla se puede encontrar una
alegoría de lo sucedido en San Miguelito y es cuando la sombra de
Doña Inés exclama:
Más tengo mi
purgatorio
en este mármol
mortuorio
que labraron para
mí.
Yo a Dios mi alma
ofrecí
en precio de tu
alma impura
y Dios, al ver la
ternura
conque te amaba mi
afán
espera a Don Juan
en tu misma
sepultura.
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