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Luis A. Aritmendi

(36 años). Nací en Madrid y soy profesor de Lengua y Literatura.

Estudié Magisterio y más tarde me licencié en Filología Hispánica por la UCM (especialidad en literatura española).

He realizado varios cursos de doctorado en la UNED.

Me gusta enseñar literatura y todo lo que tenga que ver con el mundo educativo. Escribo desde hace poco tiempo. Tengo algún que otro poema escrito, algunos artículos publicados, algún premio de poesía...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Carlos Morales Mejía

Imagínese a un escritor que ha poblado su Orbe de brujas y duendes andinos. Así se podría definir parte de la obra de Juan Carlos Morales Mejía (Ibarra, Ecuador, 1967) presente en el proyecto Mitologías de Ecuador, con libros como Los dioses mágicos del Amazonas, Mitologías de Imbabura, Leyendas de Ibarra,  Mitologías de Antonio Ante, Quito: en tiempo de campanas, El duende de San Vicente o La Caja Ronca, ilustrado por Nicolás Herrera.- Acaba de publicar, con ilustraciones de Mauricio Jácome Perigüeza, para la prestigiosa editorial Trama (www.trama.ec) el libro Quito, las calles de su historia, traducido al inglés.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Nuevas lecturas interpretativas y críticas  de  autores consagrados hasta el siglo XX, tanto en poesíacomo en prosa. Textos seleccionados de escritores importantes que marcaron camino.

 

Responsables:

Alfonso Estudillo

Juan A. Molina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

REINVENTANDO A LOS CLÁSICOS

(Número Cero)


Clásico, que viene del latín classicum -y significa de primera clase-, se aplica a la lengua, el estilo, las obras, los artistas, etc..., pertenecientes a la época de mayor esplendor de una evolución artística o literaria. También se aplica, por oposición a romántico o a barroco, a cualquier creación del espíritu humano en que la razón y el equilibrio predominan sobre la pasión o la exaltación. Si lo usamos como adjetivo, definiría a los que se adaptan a las normas consideradas como fórmula de perfección.

Sin embargo, en la lengua española, el concepto de clásico es bastante impreciso y oscila entre la noción de lo modélico y definitivamente consagrado y la de lo propio de la antigüedad griega y latina, si bien, en un sentido más estricto, se usa para denominar las características comunes a una tradición de orden, equilibrio, claridad y buen gusto que derivaría de la esplendorosa cultura grecolatina. El clasicismo -como concepto portador de los preceptos clásicos- fue ignorado en los países europeos por la literatura del Renacimiento, aceptándose luego y manteniéndose durante el s. XVIII en Francia y en otros países -entre ellos España- donde se impuso con el nombre más apropiado de neoclasicismo. Eugenio d'Ors en España y T.S. Elliot en Gran Bretaña, entre otros, hicieron su particular lucha el siglo pasado para que la noción de lo clásico se interpretara como una forma cultural representativa de un sentido de madurez y plenitud.

Nuestra actual concepción de lo "clásico" -creo que con bastante acierto- es mucho más amplia y, en el plano literario, entendemos como clásicos a autores de demostrada valía con independencia del país, lengua, época, movimiento, estilo, tendencia o corriente en que se manifiesta. Por ello, en esta sección nos iremos "reinventando" -y trataremos de redescubrirlos hablando de ellos- a griegos y latinos, como Demócrito o Virgilio; a autores de la Edad Media, como Berceo o Jorge Manrique; a poetas renacentistas como Boscán o Garcilaso, místicos como S. Juan de la Cruz o Sta. Teresa y genios de las letras como Cervantes; a plumas barrocas como Lope o Calderón, líricos de la talla de Góngora o Quevedo, místicos como Sor Juana Inés o pícaros como Mateo Alemán; a románticos, como Larra y Mesoneros Romanos o Zorrilla y Espronceda; a post románticos, como Bécquer y Rosalía, a realistas, como Alarcón, Clarín o Pereda; o noveintayochistas, como Darío y Machado o Unamuno y Baroja; a los del 27, como Salinas, Lorca, Alberti o Cernuda; a modernistas y contemporáneos, como Benavente e Inclán, Miguel Hernández y Celaya, Borges y Cortázar, Cela y Delibes, García Márquez y Antonio Gala... O sea, Clásicos.

Estoy seguro -y los trabajos que vamos recibiendo ya nos lo confirma- que la sección dedicada a los clásicos gozará de una calidad acorde con el significado del latinajo que le da nombre, es decir, de primera clase. No puede ser menos, porque eso es lo que se pretende con Palabras Diversas: letras de primera clase para lectores de primera clase, letras de calidad para lectores que saben encontrar placer en el mágico mundo de las letras. No puede ser de otro modo. Sólo hay que echar un vistazo a las firmas -dejando de lado la mía, pero incluyendo a Juan A. Molina, mi compañero de responsabilidades en esta sección- que lucen en cada una de las secciones de la revista para saber que se cumplirán de sobra los objetivos, y que la luz, fluyendo ingénita, brillará cual reflejo de mil soles en las pupilas de todo aquel que se asome a sus páginas.

No quiero terminar esta especie de introducción a lo que será esta reinventora sección en esta novísima revista, sin dedicar unas letras a otro gran clásico, a un clásico de la entrega, del altruismo, de hacer el bien por doquier, de la preocupación por los demás, de no estar quieto un momento y no dormir por las noches pensando en qué poder darles mañana a todos esos que están ahí fuera que les reporte un poco de mejoría en su salud, un poco de bienestar en sus vidas o una pequeña alegría en sus corazones. Me refiero al padre de la criatura, al impulsor de la idea, a Luis E. Prieto. Una vez más, mi querido amigo Luis me demuestra que, cuando -años ha- lo califiqué de persona excelente, no estaba equivocado.

Mi bienvenida a todos.

 

Alfonso Estudillo Calderón

Equipo Editor

 

 

 

 

 

 

En un lugar de la imaginación

 

El lector se convirtió en el libro; y la noche de verano era como el ser consciente del libro.

                           

WALLACE  STEVENS

 

¿Qué hacer para seguir viviendo?

 

Alonso Quijano es consciente de que la vida se acaba, de que ha entrado en la recta final de su existencia. Se encuentra en la encrucijada, inevitablemente conflictiva, entre el orden y el destino (Ferlosio dixit). Las fuerzas enflaquecen. Extinto el ánimo, la soledad es grande y crece la pesadumbre, presagio de la muerte venidera.

 

La solución está en la literatura. Los libros le van a ayudar a inventar un  personaje que le devuelve la ilusión, las ganas de seguir viviendo. No será más un pobre viejo melancólico y aburrido que ve pasar el tiempo añorando la infancia y sus princesas. Ha decidido ser Don Quijote de La Mancha. Transformado en libro vivirá eterna memoria entre nosotros. Bastará abrir una de sus hojas para encontrarnos con él en un mundo lleno de aventuras, abierto a los sueños, territorio invencible de la imaginación en donde los molinos de viento pueden ser gigantes o las zafias labradoras pintiparadas doncellas.

 

Su forma de leer los textos, de comprenderlos e interpretarlos, es tan libre y tan fantástica que roza la locura. Lector y personajes se funden y confunden en un juego de identidades y de espejos en el que la literatura y la vida, lejos de diferenciarse u oponerse, se mezclan de tal forma que lo que en principio pudiera parecer bacía de barbero, es, desde otro punto de vista y por arte de encantamientos y lecturas, yelmo de Mambrino.

 

¿Para qué leer sino para vivir otras vidas, imaginar otras existencias que tal vez pudieran haber sido o serán las nuestras?

 

Cuando se habla de la vida de un hombre o de una mujer, cuando se hace recapitulación o resumen, se suele relatar lo que esa persona llevó a cabo y lo que le pasó efectivamente. Todos tenemos en el fondo la misma tendencia, es decir, a irnos viendo en las diferentes etapas de nuestra vida como el resultado y el compendio de lo que nos ha ocurrido y de lo que hemos realizado, como si fuera tan sólo eso lo que configura nuestra existencia. Olvidamos casi siempre que la vida de las personas no son sólo eso. Cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros[1]. Las personas tal vez consistimos, en suma, tanto en lo que somos como en lo que no hemos sido o seremos, tanto en lo comprobable y cuantificable como en lo más incierto, indeciso y difuminado, quizá estemos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser y, por lo tanto, de lo que siempre y aún será.

 

La lectura es el camino que emprende Alonso Quijano para buscar y hallar su lugar en el mundo, para ser el que es, el que desea llegar a ser porque quiere seguir viviendo. De hecho, en la segunda parte de la obra, Don Quijote tiene conocimiento de la publicación de sus hazañas, motivo éste que determinará sus futuras peripecias. Por eso la novela de Cervantes suscita en el lector continuas referencias a su propia biografía. Ciertamente, uno tiene la sensación de estar “leyéndose” a medida que transcurren las páginas y las aventuras del hidalgo manchego. No es nada extraño que Borges, en uno de sus cuentos más conocidos, inventara un personaje como Pierre Menard, auténticamente convencido de ser el verdadero autor del Quijote.

 

Porque cuando una obra maestra supera al propio creador, y precisamente es esto lo que las define y diferencia como tales, son los lectores, como Don Quijote o como Pierre Menard, quienes toman la palabra recreando, reescribiendo, dando vida, tejiendo a través del tiempo una red en la que todos quedamos atrapados: El influjo y la magia de la literatura.

 

Una literatura llena de dudas e incertidumbres en la que cualquier situación o personaje, cualquier circunstancia da lugar a diversas perspectivas y posiciones. Caben múltiples lecturas: ni bacía ni yelmo, baciyelmo. Transformación y cambio fruto del consenso y de la imprescindible actitud de saber escuchar a los demás. ¿Qué sería de la novela de Cervantes si suprimiésemos el debate y el diálogo entre los personajes?

 

El humor, la risa, la ironía, la imaginación libre y la duda constante serán nuestras lanzas en ristre para comprender y combatir la intolerancia, el pensamiento único, la reacción de los necios mercaderes.

 

Si sólo conocemos la verdad cuando no imponemos la nuestra, leer es abrir nuevos horizontes donde ejercitarnos para poder seguir viviendo.

 

 

[1] Marías, Javier. Lo que sucede y no sucede, discurso pronunciado el 2 de agosto de 1995 en Caracas, al recibir el Premio Rómulo Gallegos; recogido en Literatura y fantasma, Javier Marías. Edit Alfaguara, 2001.

 

 

Las velas del amador

(Mitologías de América)

  

 

 

Don Juan Tenorio había llorado sobre la tumba de Doña Inés. Al final, acaso, había entendido que el Amor era una expiación. Por eso, en la escena del teatro se develaba una estatua. En medio de las sombras Doña Inés sale de su tumba y exclama: “Don Juan mi mano asegura/esta mano que a la altura/tendio tu contrito afán/y Dios perdona a Don Juan/al pie de la sepultura”. Cuando el relato de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, cruzó el mar desde España, el actor llegó tan maltrecho que se lo confundió con cualquier personaje entregado a los lances amorosos. Y había una diferencia: los donjuanes de América no sufrían por amor. Sin embargo el personaje se había convertido en sinónimo de buscador de aventuras amatorias y por eso no fue casual que en San Miguelito, en Tungurahua, el cazador de fragancias del pueblo sea conocido como Don Tenorio, olvidándose el de Juan, porque hasta el nombre no había podido desembarcar de España. Este mozuelo llevaba una máxima: la empresa amatoria más ardua lo catapultaría a ser la admiración de todas las muchachas del pueblo. Por este motivo eligió a una hija de Maria, como se conocía a las doncellas que estaban con la profesión de beatas en el cuello. La joven llegaba temprano a la iglesia envuelta en una chalina negra y su cara cubierta de un velo casi imperceptible, aunque se podía intuir su cabellera larga. Don Tenorio la esperó con paciencia. Sabia que no hay diligencia mejor que la realizada con cautela. La damisela declinó, al inició, la invitación pero ante los ruegos aceptó encontrarse en las primeras sombras de la tarde. Los jóvenes parecieron entenderse con las miradas. La mujer lo condujo hasta una casa apartada. Al cerrar la puerta una habitación mínima se develó ante la insistencia de un escaso fuego producido por siete velas. Las siluetas se proyectaron en las paredes ásperas con olor a tierra. Las sombras parecían disiparse y cuando Don Tenorio se acercó el leve resplandor se consumió. Las palabras se quedaron flotando en el aire. El joven llamó tiernamente a su futura amada pero no obtuvo respuesta. Después a tientas intentó localizar una cerilla pero fue inútil. Palpó la pared y tampoco encontró la salida. Fue allí que comenzaron los fatigosos gritos envueltos en un eco bronco, en medio de una estancia oscura. Su cuerpo cayó al suelo sólo para comprobar que la tierra era más húmeda que antes. Para el tercer día Don Tenorio tenia la garganta lacerada y sus leves quejidos eran cada vez más distantes. Pero no dio tregua y siguió gritando mientras sus manos arañaban la pared, con rastros de sangre. Ese día el sepulturero del pueblo llegó mas temprano y escucho unas voces que salían de una tumba. Antes de que el aliento se le termine llego hasta la casa del teniente político con la inesperada noticia y la cara desencajada como un mal agüero. Cuando los dos hombres se dirigieron al cementerio ya les acompañaba una muchedumbre ansiosa por escuchar las voces que salían del cementerio. El panteonero, junto con algunos vecinos, cavó rápidamente la fosa y en medio de terrones negruzcos apareció la cabeza de Don Tenorio, con los ojos lastimados por la luz. Fue sacado al vilo y antes que pudiera decir nada se arrodilló delante de medio pueblo y pidió perdón por su único delito: burlador de mujeres. Los viejos de San Miguelito aun no se ponen de acuerdo en las versiones del hecho. Hay quienes aseguran que Don Tenorio entró en un convento; otros dicen que una alma del otro mundo se enamoró del mozuelo. Mas, en los textos de Zorrilla se puede encontrar una alegoría de lo sucedido en San Miguelito y es cuando la sombra de Doña Inés exclama:

 

Más tengo mi purgatorio

en este mármol mortuorio

que labraron para mí.

Yo a Dios mi alma ofrecí

en precio de tu alma impura

y Dios, al ver la ternura

conque te amaba mi afán

espera a Don Juan

   en tu misma sepultura.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

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